-‘Parece mentira haber vuelto después de tantos años’ – me digo con fastidio mientras tropiezo con un escalón en el interior de la casa. Para no caer sujeto el codo de mi anfitrión que me rechaza bruscamente y se adentra en la oscuridad.
Poco a poco comienzo a distinguir altas pilas de periódicos; estanterías de ébano repletas de libros; esculturas de animales mitológicos, deformes en el baile de sombras bajo la luz de la lámpara que Hortensio enciende. El cúmulo de cosas me abruma, es como la tienda atestada de un anticuario donde ningún objeto se repitiese. Aparecen imágenes religiosas, tallas polícromas de madera, el arca de plata del Antiguo Testamento, tapices con ángeles y santos bordados, la escultura morbosa de un San Sebastián asaeteado y otra, en bronce, de un San Jorge luchando con el dragón. Hay también ángeles, santos y ancianos del Apocalipsis junto a mosaicos enriquecidos con teselas tenebristas.
A pesar de que el elemento pagano es abundante, tantos objetos religiosos dotan al lugar un tufillo a sacristía. Cualquiera diría que estoy en la guarida de un saqueador de iglesias. Una escalera caracolea hacia los pisos superiores, los pasamanos son de madera con borlas de bronce y grandes cuadros trepan por esa pared. Nos sentamos en unos butacones junto a unas columnas de periódicos que se cimbrean cerca del techo. Temo que una corriente de aire los derrumbe sobre nosotros.
Lo encuentro todo tan cambiado, estar aquí me trae tantos recuerdos, que no puedo resistirme a contárselo a quien, a fin de cuentas, pertenece a esta familia.
- “¿Sabes? Hace tiempo estuve aquí con tu hermana. Creo que por entonces estudiabas en el extranjero porque todavía no te conocía”, le digo.
Pero Hortensio sólo contesta cuando se le antoja y, al parecer, éste no es el caso. Sujeta un visillo de la ventana y mira hacia el jardín. A ambos lados del ventanal hay dos relojes en pie como grandes sarcófagos egipcios marcando la hora en que murieron. Intuyo que tiene algún rechazo hacia su hermana, evitaré a toda costa mencionarla. Se sienta sin más en un sillón de orejas medio oculto en la penumbra. La luna que entra por la ventana acaricia su calva, que es casi lo único que veo de él. Yo estoy a un par de metros de distancia, con una alfombra mullida de por medio, recostado en un tresillo no del todo incómodo a pesar de su antigüedad. A mí alrededor percibo un olor a naftalina y polvo. No me siento borracho, pero de vez en cuando me vuelven oleadas amargas de tanta espuma de cerveza como he bebido.
-¿Y esas pilas de periódicos? – Le pregunto, intentando romper el clima tenso que se instaura por momentos. Parece que he hecho la pregunta correcta porque por fin rompe a hablar.
- ‘En los últimos años mi padre ha ido enloqueciendo. Ya no es ni sombra de lo que fue’. Si la muerte de mi ma-madre le desquició, la desaparición de mi hermana fue la estocada que le faltaba. Como no pudo conseguir que volviese, empezó a acu-cumular todos los objetos de la casa en el salón porque cree que así podrá vigilarlos. También trae de la calle todos esos periódicos que amontona uno encima de otro. Si algún día le caen encima y le entierran, no pienso reprochármelo. No para de acusarme diciendo que vendo sus antiguallas. Y antes era peor. De un tiempo a esta parte, se le va tanto la cabeza que me deja algo en paz.’
- ‘¿Entonces es verdad que le robas?’
- ‘¡Pero qué dices! Todo esto es mío también. Mis antepasados jamás tuvieron que traba-bajar, se limitaban a esperar sus herencias para disfrutar de la vida. Cuando quien tenía que morirse se resistía, ¿acaso no se tomaba el heredero un anticipo a cuenta? Además, a estas alturas mi viejo no supondrá que voy a ponerme a trabajar de camarero. A veces ve-vendo cosas para sobrevivir, para darme algún gusto de vez en cuando, no lo niego. Pero no es tanto como él cree’.
La caja de zapatos donde encestó el peluquín atrae mi mirada. Con un esfuerzo soberano de la voluntad evito mirarla. No quiero que se moleste y se encierre en su mutismo.
En este ambiente saturado de reliquias, Hortensio me parece un pecador confesándose en la penumbra de una iglesia. Me acomete la tentación de sacar a otra vez a colación la desaparición de su hermana. Necesito saber que opina aunque le siente mal. Pero me incorporo en el tresillo para no perderme una palabra cuando de pronto es él quien la menciona.
- ¿Sabes cu-cuanto gastó el viejo en buscar a mi hermana? Pagó sin importarle a gente que le engañó. Desconocidos que afirmaban saber donde esta-taba. No me extrañaría que parte de ese dinero fuese a parar a sus propias manos porque estoy seguro de que ella misma se marchó. Tampoco es que fuese la primera vez. Ya dijo la policía que daba el perfil de las que se escapan de casa.
A estas alturas me doy cuenta de que cualquier cosa que pongamos en común puede ser útil para averiguar que ocurrió con ella.
-‘Escúchame. Tengo algo que decirte’. Hortensio calla. El brillo de la luna gira en lo alto de su cabeza cuando se vuelve hacia mí. Ahora puedo sentir el roce de sus ojillos burlones y azules. Estoy tratando de concentrarme pues tengo que omitir detalles importantes. No quiero que sepa que durante años entré en las casas de mis vecinos; un secreto que espero llevarme a la tumba.
- ‘Hace tiempo me dormí en una casa que no está lejos de la mía. No importa que sepas que hacía yo ahí. Lo cierto es que me despertó un cuerpo de mujer desnudo. Comenzó a acariciarme y en la duermevela hicimos el amor. Sabes que vivo en un conjunto de torres, en cada una de las cuales hay decenas de apartamentos parecidos. Te digo esto porque a pesar de que lo intenté, no pude encontrar el piso donde estuvimos juntos. Cuando años después tu hermana y yo nos acostamos supe, sin lugar a dudas, que había sido ella la desconocida que me desvirgó’.
- ‘¿Y a mí, para qué co-cojones me cuentas eso?’.
Noto irritación en su voz. Ha tenido que escuchar que su hermana tiene sexo. Es decir que folla o, dicho en fino, hace el amor. Tampoco él está libre de los prejuicios que sufrimos la mayoría de los hombres. A algunos les gustaría que sus madres, sus hermanas y primas en primer grado se reprodujesen por esporas, que hiciesen la función clorofílica en vez de secretar flujo vaginal, que se pusiesen a lavar platos en vez de orgasmar.