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domingo 12 de febrero de 2012

EL POZO

Me quedo sentado en el salón de la mansión, tan cansado por el alcohol y la falta de sueño que entro en una duermevela de la que espero salir con rapidez en caso de necesitarlo. Afuera el viento sopla tan fuerte que las esculturas de mármol junto a mí danzan con las sombras de las ramas del jardín. Algo parece a punto de cobrar vida. En este lugar inquietante, que no me permite dormir, bailan los objetos en penumbra junto con otras imágenes que libera mi mente exhausta.

¡Gring, gring, gring! El ruido de la veleta suena ahora aquí dentro, en este mismo salón. Quiero incorporarme, pero el cansancio me hunde otra vez en el asiento. Entonces, a tan solo unos metros, vislumbro un pozo con el cubo repicando su estaño contra las paredes ¿Cómo he podido no verlo hasta ahora? Parece haberse materializado entre las estanterías y las pilas de periódicos y es tan real como yo mismo. Sin embargo intuyo que no se encuentra aquí, sino en un remoto rincón de mi memoria.

De pronto soy otra vez el niño que un día se asomó al pozo para experimentar una cruel emoción. Estoy sujetando un cachorro de gato al que amenazo con tirar mientras busco una mayor dosis para mi chute de crueldad. Una fascinación demoníaca me embarga cuando siento su corazón palpitante en la palma de la mano cada vez que amago con arrojarle al vacío. Una gota de sudor resiste en mi frente como una ventosa a punto de desprenderse, que no puede aguantar más y se estrella en la negrura del fondo. Quiero devolverle la libertad al gato, pero justo entonces me clava las uñas en las manos por lo que continúo torturándole con falsos finales. Sabe que su vida depende del capricho de un dios que estirará al máximo su agonía. Siente ahora la misma sensación que todas las noches siento yo, que estoy atrapado entre las cuatro paredes del hospicio. Al verter mi ira sobre él, busco un desahogo que multiplica el dolor en un mundo que sería más feliz sin tantas venganzas. El miedo del animal es una droga que ata mi voluntad; no consigo poner fin al demonio vertiginoso que llevo dentro. Me avergüenza ser tan cruel al tiempo कुए me pervierte notar la angustia frenética del cachorro.

Sé que un día tendré que aceptar el horror que llevo dentro por lo que decido liberarle cuanto antes। Es entonces cuando noto que me he volcado tanto sobre el borde del pozo que comienzo a escurrirme hacia su interior. El tañido del cubo contra las paredes me recuerda que es tan hondo que nadie puede ver su final. Sé que me espera una muerte terrible si no consigo agarrarme a la cuerda del cubo y, para ello, no tengo otro remedio que soltar al gatito कुए cae chillando hacia el fondo…

Abro los ojos. Apenas comienzo a despejarme de estas imágenes tan vívidas cuando, de entre las estanterías polvorientas, un maullido me hiela la sangre.

domingo 5 de febrero de 2012

RENACER

Cuando era adolescente, tenía tantas ganas de experimentar que imaginaba que la cabeza me explotaba y que cada trozo marchaba a un lugar en las antípodas de los demás.


Uno de mis sueños era África: praderas, fieras, horizontes sin fin. Yo buscaba un lugar ínfimo en un mapa, un riachuelo, una muesca en un árbol u otra cosa insignificante. El mapa era enorme y tan profundo que me daba vértigo mirarlo. Pensaba que si me asomaba lo suficiente podría caer dentro y que, entonces, la distancia que me separaba del fondo me destrozaría.

- ‘Si me decido, pasaré de dominar el continente a sumergirme entre las fieras, pero será tan intenso que merecerá la pena vivirlo’- , me dije y, entonces, una mano tirando de mi corazón me arrojó por la borda.


A medida que caía comenzó a mutar la tinta del mapa en cordilleras en un mundo sin fronteras de papel. Al principio estaba envuelto en nubes, pero pronto mi caída me mostró un orbe vertiginoso de montañas, ríos y valles. Sobrevolé fogatas, rugidos, tambores, puestas de sol estremecedoras que ya había visto antes pero que siempre olvidaba al despertar. La sensación de libertad al caer a tanta velocidad sobre aquel paraje era gloriosa. Sabía que en aquel lugar experimentaría sufrimiento y que ni siquiera recordaría de donde venía, pero prefería esa inmersión peligrosa que contemplarlo todo como un dios apartado del mundo. Cuando despertaba, empapado en sudor, todavía resonaba en mis oídos el llanto de un bebé en un poblado perdido de África.

jueves 2 de febrero de 2012

EL SUEÑO DE TARANTINO



Corría pero, como en esos sueños impotentes, apenas lograba avanzar. Vio llegar desde atrás trozos de escayola color carne, tal vez tierra con diminutas raíces.

- ‘Ha reventado una maceta cerca’- , pensó, y continuó corriendo.

Pronto notó que eran trozos de hueso con cabellera prendida pasando a cámara lenta, y materia gris orbitando como los planetas alrededor del sol. Entonces, alguien a su espalda arrojó un cubo de pintura roja de agradable frescor y cayeron los pedazos de cerebro a sus pies.

- ‘Me  han descerrajado un tiro en la nuca’- , se dijo, cuidando de no pisarlo al caer.



martes 31 de enero de 2012

PASIÓN URBANITA

Los edificios son organismos vivos que nacen, crecen, menguan, mueren. Defecan cuando la infinidad de cañerías vierten sus inmundicias al subsuelo, respiran por sus ventanas, a través de sus instalaciones de aire acondicionado; por todas partes existen aberturas traspasadas por el aire, por el polen, por la humedad, por el frío invernal o la tórrida canícula. Los edificios enferman por defectos de nacimiento, cuando movimientos en el subsuelo los desequilibran y cuando en sus inicios fueron maltratados, envejecen antes de lo previsto. Gozan, en cambio, de buena salud si recibieron buenos genes y si los cuidan mientras viven. Al igual que todos los seres disfrutan de juventud, de una madurez serena y fuerte, y envejecen con los años. Tampoco ellos, como ocurre con los hombres, escapan a la muerte.

Quienes crean que no son seres vivos, están muy equivocados. En las terrazas recala la fuerza de los astros y el sol dora su piel de día. La lluvia los limpia y riega como hace con los árboles. Son grandes titanes que atesoran tanta materia orgánica como pueda haber en los bosques. La variedad animal, vegetal y mineral que guardan es representativa de la de todo el planeta. Por su interior pululan infinidad de seres que viven y mueren como si de una gran arca de Noé se tratase.


Hay tejados selváticos cuajados de tierra y semillas que el viento alcanza. Verdaderos bosques impenetrables olvidados de todos. Amazonas de matorrales, arboledas y colmillos de sable emboscados con garras mortíferas. Ningún gigante prehistórico pudo igualarles. Son los diplodocus del mundo actual, los mamuts de nuestro tiempo. Multitud de corazones palpitantes son sorbidos por la mole repleta de una humanidad vibrante en sus entrañas. Por sus arterias corren mares de sangre, de heces, de mucosidades. Todos los días y noches se liberan en su interior litros de semen, de saliva, de sudor... Sus paredes contemplan asesinatos, milagros, sueños, nacimientos, muertes y alegrías. Si sus órganos hablasen nos arrodillaríamos reverentes ante el dios enorme y sabio que nos cobija.


También ellos tienen vísceras, pulmones, corazón, cerebro. Se doblan como el junco ante los vendavales, hincan sus raíces como los árboles, dilatando o contrayendo sus espaldas al son de la tierra cuando tiembla furiosa. Desconocen el silencio pues sus cañerías gimen con el frío o se dilatan con placer en el verano.


Multitud de veces me sobresaltaron en la noche extraños sonidos semejantes al que hacen los astros al girar y además gritan, aúllan con el viento y dialogan consigo mismos y con quien quiera escucharles. En una ocasión me salvaron alargándome un cable cuando caía al vacío y otra me tendieron un puente frente al hueco del ascensor.


A veces me tendí en un rincón, en una esquina olvidada de todos, adormecido en un armario empotrado en cualquier piso vacío, con una botella de anís en las manos y el rostro amortajado de telarañas. O en una sala de ascensores desechados cuando el clamor de televisiones, bocinazos, gritos y lloros dejaba que el silencio creciese en mi interior y, entonces, sentí un murmullo de tripas de gigante reptando desde el abismo, expandirse por los rellanos hasta llegar a mí.


Otras veces, he dejado caer el chorro de orina hasta la calle para medir los metros que me separaban de la tierra y comprobar que había sido esparcida por el viento, diseminada en la nada sin que una sola gota tocase la tierra. La orina pulverizada en la distancia, en el espacio, en el vacío y yo en el más alto tejado bailando desnudo con el cielo de ascuas por techo y una lluvia de estrellas sobre mi cuerpo. Una orgía frenética girando en redondo hasta caer empapado, feliz.








jueves 26 de enero de 2012

UN SALÓN ATESTADO Y UN TARTA-TAMUDO



-‘Parece mentira haber vuelto después de tantos años’ – me digo con fastidio mientras tropiezo con un escalón en el interior de la casa. Para no caer sujeto el codo de mi anfitrión que me rechaza bruscamente y se adentra en la oscuridad.

Poco a poco comienzo a distinguir altas pilas de periódicos; estanterías de ébano repletas de libros; esculturas de animales mitológicos, deformes en el baile de sombras bajo la luz de la lámpara que Hortensio enciende. El cúmulo de cosas me abruma, es como la tienda atestada de un anticuario donde ningún objeto se repitiese. Aparecen imágenes religiosas, tallas polícromas de madera, el arca de plata del Antiguo Testamento, tapices con ángeles y santos bordados, la escultura morbosa de un San Sebastián asaeteado y otra, en bronce, de un San Jorge luchando con el dragón. Hay también ángeles, santos y ancianos del Apocalipsis junto a mosaicos enriquecidos con teselas tenebristas.

A pesar de que el elemento pagano es abundante, tantos objetos religiosos dotan al lugar un tufillo a sacristía. Cualquiera diría que estoy en la guarida de un saqueador de iglesias. Una escalera caracolea hacia los pisos superiores, los pasamanos son de madera con borlas de bronce y grandes cuadros trepan por esa pared. Nos sentamos en unos butacones junto a unas columnas de periódicos que se cimbrean cerca del techo. Temo que una corriente de aire los derrumbe sobre nosotros.


Lo encuentro todo tan cambiado, estar aquí me trae tantos recuerdos, que no puedo resistirme a contárselo a quien, a fin de cuentas, pertenece a esta familia.

- “¿Sabes? Hace tiempo estuve aquí con tu hermana. Creo que por entonces estudiabas en el extranjero porque todavía no te conocía”, le digo.

Pero Hortensio sólo contesta cuando se le antoja y, al parecer, éste no es el caso. Sujeta un visillo de la ventana y mira hacia el jardín. A ambos lados del ventanal hay dos relojes en pie como grandes sarcófagos egipcios marcando la hora en que murieron. Intuyo que tiene algún rechazo hacia su hermana, evitaré a toda costa mencionarla. Se sienta sin más en un sillón de orejas medio oculto en la penumbra. La luna que entra por la ventana acaricia su calva, que es casi lo único que veo de él. Yo estoy a un par de metros de distancia, con una alfombra mullida de por medio, recostado en un tresillo no del todo incómodo a pesar de su antigüedad. A mí alrededor percibo un olor a naftalina y polvo. No me siento borracho, pero de vez en cuando me vuelven oleadas amargas de tanta espuma de cerveza como he bebido.

-¿Y esas pilas de periódicos? – Le pregunto, intentando romper el clima tenso que se instaura por momentos. Parece que he hecho la pregunta correcta porque por fin rompe a hablar.


- ‘En los últimos años mi padre ha ido enloqueciendo. Ya no es ni sombra de lo que fue’. Si la muerte de mi ma-madre le desquició, la desaparición de mi hermana fue la estocada que le faltaba. Como no pudo conseguir que volviese, empezó a acu-cumular todos los objetos de la casa en el salón porque cree que así podrá vigilarlos. También trae de la calle todos esos periódicos que amontona uno encima de otro. Si algún día le caen encima y le entierran, no pienso reprochármelo. No para de acusarme diciendo que vendo sus antiguallas. Y antes era peor. De un tiempo a esta parte, se le va tanto la cabeza que me deja algo en paz.’

- ‘¿Entonces es verdad que le robas?’

- ‘¡Pero qué dices! Todo esto es mío también. Mis antepasados jamás tuvieron que traba-bajar, se limitaban a esperar sus herencias para disfrutar de la vida. Cuando quien tenía que morirse se resistía, ¿acaso no se tomaba el heredero un anticipo a cuenta? Además, a estas alturas mi viejo no supondrá que voy a ponerme a trabajar de camarero. A veces ve-vendo cosas para sobrevivir, para darme algún gusto de vez en cuando, no lo niego. Pero no es tanto como él cree’.

La caja de zapatos donde encestó el peluquín atrae mi mirada. Con un esfuerzo soberano de la voluntad evito mirarla. No quiero que se moleste y se encierre en su mutismo.

En este ambiente saturado de reliquias, Hortensio me parece un pecador confesándose en la penumbra de una iglesia. Me acomete la tentación de sacar a otra vez a colación la desaparición de su hermana. Necesito saber que opina aunque le siente mal. Pero me incorporo en el tresillo para no perderme una palabra cuando de pronto es él quien la menciona.

 - ¿Sabes cu-cuanto gastó el viejo en buscar a mi hermana? Pagó sin importarle a gente que le engañó. Desconocidos que afirmaban saber donde esta-taba. No me extrañaría que parte de ese dinero fuese a parar a sus propias manos porque estoy seguro de que ella misma se marchó. Tampoco es que fuese la primera vez. Ya dijo la policía que daba el perfil de las que se escapan de casa.

A estas alturas me doy cuenta de que cualquier cosa que pongamos en común puede ser útil para averiguar que ocurrió con ella.


-‘Escúchame. Tengo algo que decirte’. Hortensio calla. El brillo de la luna gira en lo alto de su cabeza cuando se vuelve hacia mí. Ahora puedo sentir el roce de sus ojillos burlones y azules. Estoy tratando de concentrarme pues tengo que omitir detalles importantes. No quiero que sepa que durante años entré en las casas de mis vecinos; un secreto que espero llevarme a la tumba.

- ‘Hace tiempo me dormí en una casa que no está lejos de la mía. No importa que sepas que hacía yo ahí. Lo cierto es que me despertó un cuerpo de mujer desnudo. Comenzó a acariciarme y en la duermevela hicimos el amor. Sabes que vivo en un conjunto de torres, en cada una de las cuales hay decenas de apartamentos parecidos. Te digo esto porque a pesar de que lo intenté, no pude encontrar el piso donde estuvimos juntos. Cuando años después tu hermana y yo nos acostamos supe, sin lugar a dudas, que había sido ella la desconocida que me desvirgó’.

- ‘¿Y a mí, para qué co-cojones me cuentas eso?’.

Noto irritación en su voz. Ha tenido que escuchar que su hermana tiene sexo. Es decir que folla o, dicho en fino, hace el amor. Tampoco él está libre de los prejuicios que sufrimos la mayoría de los hombres. A algunos les gustaría que sus madres, sus hermanas y primas en primer grado se reprodujesen por esporas, que hiciesen la función clorofílica en vez de secretar flujo vaginal, que se pusiesen a lavar platos en vez de orgasmar.


domingo 22 de enero de 2012

UN PELUQUÍN PARA LOS FINES DE SEMANA Y UN LADRILLO FILOSÓFICO


- “¿Te-te gusta? Es un Rolls Phantom III. Era necesario poseer linaje no-nobiliario para adquirirlo. Fue un auto extraordinario en su época” - me explica.



Sobre el portón campa un escudo de armas


- “¿Y eso?” – le pregunto.

- “Náaa, cosas de mi viejo”.

-“Marqués do Campo”-leo en voz alta.


De más está decir que jamás oí ese título en boca de Raquel, que estaba por encima de vanidades y petulancias. Al poco de su desaparición presentaron así a su padre, quien una vez salió en la televisión local descompuesto por la angustia, ofreciendo una recompensa a cambio pistas para recuperar a su hija.


- “¿Vive todavía tu padre?”

- “¿Es que lo quieres matar?

- “No, hombre, no. Disculpa. Es que hace años era ya un señor mayor...”

- “Pues vive, y tiene muy mala ostia. Luego te lo presento”, me dice a modo de amenaza.


Atravesamos el jardín descuidado con esas estatuas con piel de moho, macetas reventadas y plantas montaraces. No es que se trate de un deterioro distinto al que padece el resto del barrio, pero me estremezco cuando miro el desván con el ojo de ciclope que una vez me mostró la parte posterior de la casa.


Soy especialmente sensible a la fuerza de identidad familiar que transmiten estas paredes porque es lo que faltó en mi vida sin referentes. En Hortensio hay un difícil equilibrio al borde de un abismo; tal vez no tenga ese interés excluyente por lo material que otros tienen, aunque sí que detecto en él un orgullo de familia que mantiene a raya su locura. Pienso en esas personas que se ufanan de pertenecer a una estirpe aunque sepan que esto realmente no implica mayor afinidad que con cualquier otro que pase por la calle. No debe ser tan malo imaginar que la sangre de tus ancestros corre no sólo por tus venas, sino también por cada reliquia que dejaron atrás; objetos que conservan el tacto de generaciones que posaron allí sus manos al igual que sucederá contigo tras tu muerte. Es impresionante que los objetos que nos rodean perduren años - tal vez siglos- después de que nos vayamos. Unas ropas colgadas en su percha seguirán impolutas, mientras que el hombre que las llevó hace mucho que fue roído por el tiempo y ya no es más que un amasijo polvoriento. Algunos les gusta rodearse de cosas que dejaron aquellos con quienes se reunirán en un panteón de yedra. Mientras llega ese momento les arropa la vena que llega de lejos y, como creen que sus raíces se hunden en los confines del tiempo, vencen su miedo creyendo que forman parte de algo casi inmortal. Si su educación les dio las herramientas necesarias, y disponen de medios materiales, se aferrarán a placeres carnales y a otros más sutiles, que erróneamente llamarían espirituales, como el reflotar de un tapiz de seda o un perfume etéreo, con tal de evitar pensar en lo inevitable.


Interrumpo mis pensamientos cuando entramos en el palacete, que está a oscuras. Hortensio enciende una lámpara de luz tibia, da un tirón a su pelo y lo encesta en una caja de zapatos. –‘Me lo po-pongo sólo los fines de semana. Para ligar, ya sabes’ y entonces me doy cuenta de que éste era el cambio que había notado en él. Había olvidado que es calvo, con apenas unos mechones pajizos en los laterales, pero lo que de verdad me extraña es que me parezca natural lo que acaba de suceder. Recuerdo la rubia con la que una vez lo vi. Estar con una mujer así cuesta una pasta, pero no requeriría el uso de esa rata muerta que acaba de quitarse sino, más bien, una cartera saneada. Por otra parte, no puedo evitar pensar que ligaría lo mismo con pelo que sin él, es decir, nada.

viernes 20 de enero de 2012

PERSPICAZ LOCURA



Mientras apuro otra cerveza me siento incómodo como si una corriente de aire rozase mi nuca o me señalasen con el dedo. Me estremezco cuando sorprendo una cabeza detrás del cristal. Pero afuera está oscuro, con niebla, y el vaho que mancha las ventanas no deja ver con nitidez. Todo son escusas para no reconocer que me ha parecido ver el rostro del psiquiatra escondido ahí fuera, espiándonos ¿Puede habernos seguido hasta aquí? ¿Con qué motivo? ¿No es demencial creer algo así? Evito por todos los medios mencionárselo a Hortensio, que no parece haberse dado cuenta, continúa hablando y yo finjo que le escucho. ¿Por qué iba un psiquiatra a espiar a unos pacientes? Un hombre de carrera, un profesional de éxito rebozándose en el lodo, muerto de frío, emboscado en la penumbra por seguir a dos marginados como nosotros. Muchos lo considerarían un indicio de manía persecutoria, de locura, con lo que no sé si me asusta más que realmente ocurra o que se trate de una alucinación. Al rato miro otra vez hacia el cristal, aunque sepa de sobra que ya se ha marchado. Los cristales sucios, la noche negra... ‘No es posible, debo haberme equivocado, he bebido demasiadas cervezas’, me digo. Y aún así, la desazón me invade mientras charlamos.

- 'Vamos, te enseño donde vivo’ – dice Hortensio, y acepto la invitación pues no me siento con fuerzas para caminar hasta casa. Me emociono al darme cuenta de que voy a regresar al caserón donde Raquel pasó su infancia, pero me endurezco cuando recuerdo el desván desde donde vi como la piel del bosque se daba la vuelta para mostrarme sus vísceras. La noche me cala hasta los huesos, sorteamos socavones. Estoy tan demolido como los muros desconchados que flanquean las aceras. Nos topamos con una verja de hierro. ‘Aquí es’ - dice. Reconozco de inmediato el edificio grande, mejor conservado que los demás. El tejado tiene la inclinación precisa para verter las lluvias e impedir que la nieve se acumule. La parte superior parece una cabaña caída desde el cielo, con la luna penetrando por su ventana circular y con una veleta-gallo que cacarea con el viento. Hortensio se mete la mano en el pecho y saca una cadena con una llave de  grandes dientes tan prototípica, que  bien podría pertenecer al mundo de los ideales platónicos. La hace girar en la cerradura, abre la verja y recorremos un camino de gravilla que atraviesa lo que un debió ser jardín antes de que las podaderas lo olvidaran. En un garaje, que más bien parece una caballeriza, veo el coche desportillado, lujoso e increíblemente antiguo que ya conocía.


domingo 15 de enero de 2012

HIPOPÓTAMOS ENCAMADOS


 La personalidad exuberante de Óscar me aturdía. Me desconcertaba que a pesar de su apariencia descuidada estuviese siempre atento a todo. No soportaba los escándalos que organizaba junto con su novia Virginia, quien muchos fines de semana dormía en su piso, con lo que tenía que escuchar el traqueteo desvencijado del somier durante horas para roncar luego, tan feroces, que retemblaban las paredes. Desde su piso, bastante alejado, llegaban con tanta nitidez los ruidos que debían viajar a través de las tuberías. Ambos eran tan corpulentos que uno no podía menos que imaginar escenas grotescas de jabalíes revolcándose en el cieno o de hipopótamos encamados ¡De buena gana les habría comprado de mi bolsillo otro somier menos ruidoso!

La noche anterior la había pasado sobre el tejado, adonde subí huyendo de los golpeteos de su cama por toda la casa. Me había relajado observando la fauna rara que deambula por el parque de enfrente hasta que me dormí y, al despertar, había engendrado ya el propósito de visitarle. Sabia que estaba solo puesto que vi a Virginia atravesar el parque de madrugada, imagino que harta de restregar su cuerpo elefantiásico contra el cavernícola de su amante. Ya amanecido vi también a su madre abandonar la casa, seguramente para rezar en la iglesia por la salvación del canalla de su hijo y para suplicar el perdón por haber traído semejante plaga al mundo. Supongo que quería resarcirme valiéndome de mi habilidad para reptar por las fachadas. Era consciente de que podía esperar cualquier cosa de él por lo que, mientras me deslizaba por su ventana, el corazón se me salía del pecho.

Entré por un ventanuco en el pasillo que se usaba para ventilar la casa, tuve algunos problemas por su estrechez, pero nada que no hubiese resuelto otras veces. Apenas había dado cuatro pasos cuando lo vi en su cuarto, de espaldas a mí. Aunque en esos momentos tenía la puerta abierta no le era posible ni verme, ni oírme. Tantos años colándome en casas había refinado mi habilidad innata para el sigilo. Como merodeador he recorrido habitaciones llenas de gente sin que nadie reparase en mí; desde detrás de las cortinas del comedor participé en comidas familiares sin que se diesen cuenta. En otra ocasión me sorprendieron dentro de una bañera que no era la mía pero conseguí escapar del agua y de la casa sin sufrir daño; otra vez, la llave del vecino rascando en la puerta interrumpió mi siesta en su cama, aunque él nunca lo supo. Eran todas experiencias que incrementaban mi aplomo a la hora de abordar situaciones críticas y, ahora, me había colado en casa de Óscar para darle un buen escarmiento. De pronto, sin que yo pudiera jamás esperármelo, escuché su voz de trueno:


- ‘¡Lárgate por donde has entrado o lo lamentarás toda la vida!’

Anonadado por la sorpresa miré hacia él, pero continuaba sentado con las anchas espaldas reclinadas sobre el pupitre. Aunque parecía absorto en lo que estuviese haciendo, era a mí a quien había hablado - ¿a quién si no iba a dirigirse?-, y tuve la certeza de que me destrozaría si no le hacía caso. Fue humillante volver a entrar por el ventanuco lleno de telarañas sintiéndome pillado, vejado, con el rabo entre las piernas. La derrota me afectó en lo más profundo. En un momento se hicieron añicos habilidades cultivadas durante años que eran para mí un motivo de orgullo. Tardé mucho en recuperar la confianza que necesitaba para merodear con éxito ¿Cómo pudo descubrirme el gordo cabrón? Lo que más me dolió fue que lo hiciese sin despeinarse, con la indiferencia con la que espantamos a un mosquito. A día de hoy no acabo de explicármelo.

jueves 12 de enero de 2012

NIDO DE ÁGUILAS

Cuando me invadía la rutina subía hasta el tejado para contemplar el sol hundiéndose en el horizonte. Al este estaba el bosque que las lluvias abigarraban de olmos y castaños, de encinas y malezas. Hacia el oeste se extendía el mar que acabaría por tragarse al sol. A medida que éste se apagaba, se encendían las bombillas en los pisos de alrededor y yo me sentía más seguro pues entonces nadie podría ver mi nido de águilas. Hasta mí llegaba el run run del tráfico urbano deslizándose como un reptil por avenidas y callejones. A vista de pájaro la ciudad nocturna es un hormiguero de semáforos, de farolas mortecinas mal iluminando recovecos del parque donde las parejas fornicaban entre los matorrales.

Escrutando aquel parque fui testigo del mercadeo de gentes que acudían a comprar sexo oral, sexo manual, sexo homosexual o, incluso, mirones ilusos con la esperanza de intercambiar fluidos seminales con quien fuese. Durante una temporada seguí la pista de un individuo que, cuando se cansaba de divertir a las niñas con lo ridículo que tuviera bajo la gabardina, acudía a refrotarse contra un árbol previamente taladrado para dicho menester. Como un dios impávido, desde lo alto veía rateros agazapados esperando navaja en mano para desplumar incautos, incautos a los que una providencial llamada había hecho cambiar el rumbo justo antes de que les atracasen. Rateros asaltados por rateros todavía peor encarados que ellos, incautos huyendo de otros incautos por error.

A medida que avanzaba la noche se iban extinguiendo los ecos del malestar mental que me había arrastrado hasta ahí. Era en la soledad del tejado donde mis problemas recuperaban su dimensión real y podía por fin archivarlos, relativizarlos o adoptar una estrategia infalible que jamás llevaría a cabo… En algún punto caía dormido, y a la mañana siguiente despertaba como un hombre nuevo purificado por el rocío gélido de la mañana.


martes 10 de enero de 2012

SUPERHOMBRE



Este hombre tiene una cualidad brutal que le permitirá extraer la sangre, el fundamento, el jugo a la vida. Su desfachatez, su descaro, la ausencia de represiones y su monstruoso egotismo se lo permiten... Para ser del todo tú mismo, ciento por ciento realizado y dejar tu impronta hace falta ser un monstruo, pensar sólo en ti, darlo todo para la gloria, para tus antojos, para tus ansias de grandeza. Debes ser un psicópata despiadado en la vida aunque comprensivo de los sentimientos universales en lo que puedan enriquecerte… si nos atreviésemos a vivir sin tapujos como lo hace él, si tuviésemos su desprecio olímpico por el qué dirán, hacia todo aquello que pueda refrenar las ansias de alcanzar los deseos... un grito como un cuchillo de alegría atravesaría la historia. El universo sería entonces un infierno o un paraíso pero jamás se cumpliría la profecía bíblica que dice: ‘A los tibios los vomitaré de mi boca’.


jueves 5 de enero de 2012

UN ABRAZO MUY CORDIAL


El doctor vive en el mismo bloque de edificios que yo. A la hora de escoger médico, hace ya un puñado de años, mi abuelo debió tener en cuenta su cercanía debido a mi edad. Me asombra no haber tenido más presente lo próxima que estaba su consulta de mi casa, pero todo lo relacionado con este médico lo estaba enterrando cada vez más profundo. Ahora que lo pienso, debería peguntarle el porqué de mi tendencia a olvidar las experiencias desagradables aunque, como es natural, trataré de no mencionarle lo relativo a su persona. La consulta está en una zona noble cuyos pisos disponen de azoteas acristaladas con oxigenantes vistas a la montaña. Hasta los conserjes de este sector me parecen más profesionales; la botonadura dorada del uniforme no parece oxidada y son más apuestos que los vejestorios de mi zona. El rosetón central ajardinado está lleno de plantas más exóticas y sin duda mejor cuidadas.



La decisión de volver a un psiquiatra me perturba, tengo que violentarme para hacerlo puesto que no me gusta que me hurguen en la mente. Cuando me dirigía a la cita, poco antes de encarar la puerta de la calle, me toqué nerviosamente los bolsillos como buscando el diario que tantas veces le llevé a disgusto, ya que me suponía una violación de la intimidad. Claro está que él ignoraba que se trataba de un falso diario, unas anotaciones ficticias que mostraban una vida de chirigota. Necesito darme cuenta que no soy el muchacho vulnerable de otros tiempos y me digo que gracias a que me obligaba a escribir mis pensamientos, descubrí mi gusto por la literatura. Mientras cruzo el patio hasta su clínica trato de centrarme en que ahora soy diferente; es cierto que algunas noches todavía me atenaza el miedo, pero las experiencias que he vivido desde la última vez que estuve en su consulta me han fortalecido.


La sala de espera está vacía. Es medio día. Estoy sentado en una butaca de piel sintética y por la ventana entra una luz fría que me hiere. Siempre preferí la lluvia para los días melancólicos. Por la puerta asoma un joven bajito que se sienta frente a mí. Es Hortensio, el hermano de Raquel. La coincidencia me molesta pues en momentos de tensión no me gustan los imprevistos. Procuro no mirarle mucho, ya se sabe cómo pueden reaccionar estos tipos. Por lo visto, a raíz de la desaparición de su hermana sus padres recordaron que tenían un hijo varón y lo reclamaron del internado en el extranjero donde estudiaba. A veces me lo encontré en el bar de la facultad, como aprovechando la ausencia de Raquel para ocupar sibilinamente su lugar. Todos los que la habíamos conocido notamos que no podían ser más dispares. Me entristecía tenerle a él al alcance de la mano mientras que a su hermana la había perdido, tal vez para siempre. Hortensio, a diferencia de ella, tiene los ojos muy azules, burlones, y su nariz es un botón. Tampoco tiene la aureola de misterio que a su hermana le otorgaba un atractivo tan personal.


Hundo la mirada en un punto indefinible a través de la ventana mientras rezo para que no me reconozca, ni se le ocurra decirme nada. La última vez que le vi estaba con una rubia de altas botas rojas y mallas marca-nalgas. La chica le sacaba una cabeza y, teniendo en cuenta el cuerpo escueto y raro de él, la pareja chirriaba. “Extranjera, a todas luces puta”, pensé. La chica, impaciente por cobrar, aguantaba con fastidio las sandeces de su cliente que quería pavonearse ante los que pasaban; jubilados o deportistas anónimos que no se fijaban en la estrambótica pareja que se apoyada en un coche americano desportillado, de principios de siglo, que parecía sacado de una película de cine negro americano. Me resultó increíble que todavía quedasen y más aún que funcionasen. El tartamudeo de Hortensio me saca de pronto de mis meditaciones:

- Ve-ve, vengo al psicólogo a hacerme un test. Por si mejoro en los estudios”, dice desde su asiento.


¿Psicólogo? ¿Es que le da vergüenza decir psiquiatra? Además, ¿Quién le ha pedido una explicación? Preferiría que no me hubiese hablado, francamente. ¿A quién se le podría haber ocurrido una tontería de ese calibre? Estoy tentado de hacer como si le hubiese oído, pero no es posible fingir tal cosa: en la sala de espera, demasiado pequeña, sólo estamos nosotros. Como por un resorte le digo que estoy ahí porque me cuesta dormir por las noches. ¡Maldita sea! he sido en parte sincero en vez de hacer lo que él: mentir ¿o acaso pretende que me crea que con más de treinta años sigue estudiando? El tipo es tan peculiar que no me extraña que necesite atención psiquiátrica pero reconozco que no me gustaría que él pensase así de mí. Ahora mismo le veo giñar los ojos como poseído por un tic nervioso. Evito posibles contratiempos sumergiéndome en el satinado de una revista de cotilleos.


Pronto asoma la enfermera que hace una semana me mostró gargajos de tinta para que los interpretase. Mientras me conduce por el pasillo me pierdo en el contoneo de su culo hospitalario, que yo me figuro en pompa y adornado con liguero. Es una fuga de la que me arrepiento porque, cuando llego hasta el psiquiatra camuflado detrás de una mesa, estoy nervioso y excitado; es decir, vulnerable.


Hace años, cuando venía por aquí, era el doctor quien abría personalmente la puerta y quien recibía en mano los emolumentos al fin de la sesión. No parece haberle ido mal, y no lo digo sólo por el bellezón que tiene de enfermera sino también por las reformas que mejoran el piso, por el aporte de muebles lujosos e, incluso, por su apariencia física, chorreante ahora de respetabilidad cuando antes parecía un imberbe de prácticas médicas. A pesar de toda la parafernalia reconozco al médico que me atendió, una vez a la semana, durante años. Es evidente que quiere hacerse pasar por un snob con ese bigote engominado de guías en punta, pero yo también he crecido y a mí no me la pega.

Aunque en aquella época tuviera muchos pacientes, no puede fingir que no me conoce, por lo que decido esperar a que sea él quien me salude. Creo que debería tener esa cortesía para conmigo, aunque sólo sea por el dineral que mi abuelo gastó trayéndome a aquí. Mientras espero sentado frente a él, con apenas una mesa de por medio, ninguno de los dos soltamos una palabra. Parece ser que ha decidido librar un pulso conmigo, no está dispuesto a dar su brazo a torcer y deja que pase el tiempo retándome con la mirada. Su actitud prepotente poco a poco me va haciendo mala sangre. ‘Querrá intimidarme, demostrarme que estoy en su feudo’, pienso. Alguien me contó que los vendedores miran a sus clientes en el entrecejo y no directamente a los ojos. Lo hacen para no parecer entrometidos y para resistir el contacto ocular con desconocidos. Decido practicar este tipo de mirada con él y entonces me sobreviene una ocurrencia: ¿ejercerá derecho de pernada con la enfermera? Espero que no, pero la mera posibilidad de que así sea me altera. La situación degenera de incómoda a insoportable al tiempo que me pregunto como se las arreglará para aguantar esa mirada obstinada taladrándome sin piedad.


- ‘Los tarados no dudan. Los tipos como éste no tienen precio como soldados: una vez reciben una orden la cumplen aunque se hunda el mundo’, me digo rabioso.


Me entran unas ganas enormes de abofetearle, de gritarle que ni siquiera fue capaz de acudir al entierro de mi abuelo. ¡Mírate en el espejo, imbécil, con ese bigote de gilipollas que te has dejado!, pienso, con tanta intensidad, que sospecho haber gritado. Sólo me separa de la agresión la situación aparentemente injusta que generaría: este hombre taimado me ha humillado mediante ofensas que pasarían desapercibidas para cualquier testigo presencial. Comienzo a incorporarme para marcharme dando un portazo salvaje cuando recuerdo que no hace mucho llamó a casa para darme un pésame tan impersonal como un parte meteorológico. Este recuerdo, pese a que no me resulta agradable, me sirve de freno. De buena se ha librado porque su chulería me soliviantaba tanto que podría haberle agredido. Por cierto, como si no se hubiese percatado del peligro, me dirige unas palabras que yo decido considerar como saludo.

Sin comerlo ni beberlo, nos fundimos en un abrazo muy cordial.

martes 13 de diciembre de 2011

TRIFULCA ALCOHÓLICA



En una ocasión anduve por barrios lejanos, parando en los bares que me salían al paso. Sabía que estaba en mi ciudad porque no recordaba haber cogido avión ni tren alguno para abandonarla pero, por lo demás, el alcohol me privaba del sentido de la realidad y no tenía ni la más remota idea de donde me encontraba. En medio de una acera me topé con un portón y entré en lo que creía una parroquia para descansar un rato sentándome en un banco. La abundancia de espejos con marco dorado, la profusión de damas emperifolladas y de caballeros trajeados, me informó de que no era una iglesia sino un teatro a punto de celebrar una entrega de premios.

Busqué con la mirada y me costó creerlo: sobre una de esas pancartas dobles con las que los desempleados multiplican su humillación anunciando en los pasos de cebra ofertas de champús por la pechera, y 2x1 en pollos por la espalda estaba la foto de Óscar; el vecino gordinflón que intimidaba a los conserjes, el hikikomori que durante diez años se enclaustró en su habitación mientras fraguaba su irreverente obra. Que alguien sea capaz de tramitarse una prensión fraudulenta de la Seguridad Social sin salir siquiera de casa no es cualquier cosa. Que ese mismo alguien tenga además el cuajo de beneficiarse a todas las putas de la ciudad gracias a su pensión de minusválido mental es un gesto a considerar. No cabía duda de que el gordo cabrón debía tener un intelecto fuera de lo común y que jamás podría considerársele un hombre vulgar. En la pancarta se daba un aire a telepredicador por ese sombrero tío Sam que no venía a cuento y con su enorme dedo interpelándome directamente al rostro. En la foto parecía aún más sinvergüenza que de costumbre, y decidí seguir los pasos de quienes entraban en el salón de actos.Un bedel se dio cuenta de que estaba borracho y me espetó:

-‘¡Oiga, oiga, ahí no puede entrar!’-, pero empujé la puerta sin hacer caso pues el alcohol me persuadía de que nadie iba a privarme de mis derechos.


La presentación previa a la entrega del premio era una adulación vergonzosa por parte de un ejecutivo de una editorial de envergadura. De entre tanta lisonja pude entresacar que Óscar había conseguido escapar del anonimato gracias al efecto multiplicador de internet, que le había procurado un éxito que nadie habría predicho. Ahora sus viñetas ultra críticas se difundían en varias revistas nacionales y se podía permitir escoger con quién y a qué precio trabajar. Tras la intervención del editor, llegó el turno del premiado. Era indignante oírle hablar con tanta seriedad de sí mismo, que aludiese a sus tiras ácidas como ‘Mi Obra’, así en mayúsculas, engolosinándose en esas dos palabras que pronunciaba colocando los labios grasientos en una O bien grande. Por debajo de su capa promocional, hipocritona e interesada en quedar bien con la prensa, estaba claro que despreciaba al público.

- ‘Estará deseando largarse para meterse entre pecho y espalda una cena de padre y señor mío. Una cena rebosante de colesterol y mujerzuelas’-, me dije con un resentimiento inexplicable.

Antes de entrar había visto un Mercedes mal aparcado en la puerta, pensé que seguramente era suyo y me indigné al recordar sus escritos anticapitalistas pero, sobre todo, porque nunca podría echárselo en cara ya que equivaldría a reconocer que me había colado por su ventana. Me vino a la mente lo mal que trataba a su madre al tiempo que se me revolvía el estómago y, sin comerlo ni beberlo me puse vomitar sobre aquella moqueta tan elegante. ‘Vaya pe-pedo que pillé’, dije en voz alta, como para desdramatizar la colosal vergüenza que, en condiciones normales, me habría supuesto protagonizar semejante espectáculo. Pero el alcohol es muy atrevido, rechacé con malos modos la mano tendida de un vigilante que, supongo, me creyó enfermo, y con todo el aire de mis pulmones grité un ¡Gordo cabrón!, que me hizo sentir que una corriente eléctrica sacudía de arriba abajo al auditorio. Sin embargo Óscar apenas se inmutó, se limitó a llamar con un gesto a los vigilantes junto a la puerta.

Tanto desprecio me hizo sentir una rabia incontrolable con lo que me resistí a la expulsión dando patadas a la seguridad del local y recibiendo como contrapartida puñetazos en la cara. Ya en la calle hundí dos dientes de mis llaves que arrastré por la chapa del Mercedes mal aparcado y entré en un vacío espacio temporal que me llevó, en el siguiente post que ya habéis leído, a la autopista donde me jugué la vida.



sábado 10 de diciembre de 2011

ENCARRILADO

Me adentré dando tumbos en una autopista. A ambos lados estaba el bosque helado y, decenas de metros más allá, la gasolinera a la que me dirigía. Tenía por delante cuatro carriles atestados de ida y otros cuatro de vuelta. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta ahí, sólo sabía que estaba totalmente borracho. Recuerdo que la noche anterior me habían expulsado de un bar de carretera y que, en el descampado, oriné contra un camión. Tal vez subí al remolque, me dormí y me echaron a la cuneta cuando me descubrieron. Debo reconocer que me resultó estimulante la posibilidad de que el borracho con el que me pegué en el bar fuese el dueño del camión contra el que meé.
  
Avanzaba tambaleante por el primer carril. El retumbar de una estampida de elefantes de cuatro ruedas amenazaba con arrancarme la ropa. Mi presencia vulnerable debía resultar chocante, aunque nadie hizo ademán de ayudarme. Un clamor de cláxones se perdía en la lejanía. A pesar del frío algunos asomaban la cabeza por la ventanilla para gritar ¡borracho! Los camiones me arrojaban la lluvia de gravilla que rebañaban del asfalto. Por un instante me sentí protagonista, “lástima de lamparones”, me dije al ver las manchas de cerveza de la juerga del día anterior. Entonces me di cuenta de que tenía la bragueta bajada. “Menos mal que el pijama tiene el botón sólo de adorno”, pensé y sentí el alivio de que mi virilidad estuviese a resguardo. A un hombre le puede sobrevenir cualquier calamidad que, si su polla está a salvo, todo lo demás le parecerán fruslerías. Tal vez mis tocamientos resultaron ofensivos para alguien porque desde un coche me arrojaron una botella que me impactó. Iba por el segundo carril. Seguía vivo de milagro.


De pronto noté que no estaba solo. Alguien había extendido su brazo sobre mis hombros. Mi acompañante era muy alto, de anchas, encorvadas espaldas. Vestía sombrero de ala ancha tan firmemente encasquetado que el ventarrón que levantaban los vehículos no conseguía arrancar. Llevaba subidas las solapas de la gabardina de manera que apenas se veía una medio sonrisa congelada entre sus ropas. Avanzaba ágilmente a pesar del viento que se arremolinaba alrededor obligándome a parar, a acelerar el paso o a ralentizarlo en una danza milimétrica en la que esquivábamos los vehículos. Nuestros movimientos eran tan precisos que todo lo que nos rodeaba se ralentizó. A pesar de la borrachera experimenté un control soberano de mi cuerpo y, por ende, un dominio completo del resto del mundo. Estábamos librándonos de morir atropellados. ¿Qué impresión dábamos a los conductores? Porque a pesar de que ahora éramos dos personas, no se esforzaban más que antes en esquivarnos.


Cuando por fin puse el pie al final de la autopista, mi acompañante ya no estaba conmigo. Llegó sin aspavientos y, tras salvarme la vida, se marchó de igual manera. Hubiese querido comentar con el gasolinero por si había visto algo, invitarle a una cerveza para que se explayase, pero los policías que me esperaban tenían prisa en esposarme. De la borrachera y posterior resaca me recuperé en cuartelillo.

jueves 8 de diciembre de 2011

YO PARALELO


¿Habrá alguien estudiado  la probabilidad de que un ser humano cualquiera goce de las circunstancias necesarias para desplegar del todo su ser interno? ¿Cuántos talentos semejantes a Velázquez o a Cervantes malvivirán en condiciones penosas, en el tercer o primer mundo, con apenas fuerzas para sacudirse los piojos, rascarse la roña, e ignorantes de sus cualidades? Sin duda que deben ser bastantes y más aún considerando que no es sólo lo material lo que permite que lo mejor de los hombres emerja si no, también, imponderables como la confianza, la estabilidad emocional y un ajuste social necesario para poder desplegar las alas. No sólo se pierden multitud de seres extraordinarios; lo tienen igualmente difícil las personas comunes que no gocen de condiciones adecuadas para descubrir quienes son realmente…

Las cosas se van formando como las olas que se desgajan las unas de las otras. Con catorce años fui con mi padre a una provincia del norte donde nos hospedamos en el mejor hotel de la zona. Disponía de un casino reconocido más allá de la comarca y playas de aguas verdinosas con románticas rompientes. Todas las tardes acudíamos a cenar al bufet donde coincidíamos con otros clientes y en seguida llamó mi atención una muchacha de mi edad, siempre acompañada por sus padres y tan aburrida como lo podía estar yo mismo. Nuestras miradas se cruzaban y cuando una noche nuestras manos se rozaron sobre el tapete de la ruleta, un estremecimiento me recorrió de arriba abajo. A partir entonces dejaron de existir las moquetas lustrosas, las luces hipnóticas y el sonante dinero desperdigándose entre las mesas. Pero ese sentimiento me resultaba tan arrebatador que en todo el verano no fui capaz de abordarla. Me dije que su padre no me dejaría ni acercarme y me puse escusas que no hacían más que ocultar mi cobardía.

Creo que fue a raíz de esta experiencia que comencé a pensar que en algún lugar existía un ser idéntico a mí, un alter ego que tomaba las decisiones correctas y que no había padecido ninguno de los contratiempos que yo padecí. Ya sé que a penas tenía catorce años pero, ¿cómo sería mi vida si hubiese tenido el coraje de conquistarla? Quizás una maravillosa historia de amor me habría cambiado y la bola de nieve de la confianza habría comenzado a rodar años antes de lo que lo hizo. Seguro que habrían pasado de largo muchas dificultades que luego sufrí por no haber tenido el coraje de abordar a aquella mujercita.

Esto es sólo un ejemplo porque, ¿qué habría sido de mí sin los problemas que coartaron mi desarrollo, sin mis traumas ocultos, si hubiese podido desarrollar mi personalidad desde sus inicios con la ayuda de esas circunstancias de las que la vida me privó? Yo, en la mejor de las familias, ahíto de amigos, desarrollando hasta el límite mis potencialidades y no como realmente fue; es decir, henchido de carencias, mal tirando entre tinieblas como buenamente pude. Perdí muchos trenes; a veces por falta de motivación, otras veces por no haber podido ser yo mismo.

Un árbol comienza a torcerse porque brotó entre piedras que alteraron su crecimiento, o por cualquier otro obstáculo de entre todos los posibles, cada vez se alejará más del ideal al cual tendía. Jamás alcanzará la meta de perfección que era su destino. Por eso imagino que otro yo perfecto, tanto como mis genes me hubiesen permitido llegar a ser, coexiste en un universo paralelo, cumple años al alimón pero jamás se fusiona del todo conmigo, porque la mierda no casa bien con la ambrosía.

Se trata de un alter ego que disfrutó de una infancia diáfana junto a unos padres que le colmaron de amor, una juventud dichosa exprimida al límite, una edad de oro vivida en plenitud. Es el adulto que de niño me figuraba que llegaría a ser, y a ese yo mejorado me acojo para que él, más capaz, resuelva mis dudas, me ofrezca sus opiniones o me sirva de modelo. Si bien concedo que no está bien vivir por persona interpuesta, también es cierto que se trata de un falso apoyo. En el fondo sé que este yo paralelo no me fue presentado y que tal vez sea un truco que me sirve de bastón. Mientras descubro si existe o no, lo utilizo de estímulo como hace el asno con la zanahoria.





martes 6 de diciembre de 2011

ONDA II




¿Escuché el ruido de un cuerpo arrojándose al agua? Si así fue, no me di cuenta cabal ya que tenía todos mis sentidos puestos en la maravilla acuática. Me subyugaba con su baile cuando su rostro expresó una alarma que fue en seguida dolor. Su parte inferior quedaba fuera de mi campo de visión mientras se estremecía alcanzada por un impacto. Se desplazó y vi que una criatura corpulenta había hecho presa hundiendo sus fauces en la cola. Me retiré espantado del boquete con mi corazón saliéndose del pecho. ¿No había visto a ese ser horripilante en un sueño? ¿Acaso no había concluido que era irreal? Y, sin embargo, ahí fuera estaba ese ser con cara de cerdo y bata blanca manchada de sangre perpetrando un crimen tan perverso como el del bosque.

Era un cazador formidable, tenaz a la hora de perseguir una presa y, cuando resonaron sus pezuñas en la cueva yo ya lo estaba esperando. Arranqué a correr con su aliento hediondo sobre mi cuello, desgarrándome la piel en cada revuelta del laberinto de piedra. Pero no conseguía distanciarme; moriría si no encontraba en seguida una manera de escapar. ¿Cómo lo logré la otra vez? En aquella ocasión me encontraba dentro de un enorme edificio en el bosque y, cuando ya saltaba sobre mí, sucedió algo que me libró de morir despedazado entre sus dientes de sierra. Me devanaba los sesos mientras los bufidos de la criatura me erizaban el vello de la nuca. ¿Cómo, Dios mío, cómo lo hice? De pronto, recordé que en el último momento me había despertado y que fue eso lo que me salvó. ‘No tengo esperanza. Estoy tan despierto como lo puede estar cualquier hombre aterrado en peligro de muerte’, me dije. Pero prefería morir ahogado que entre las fauces del ser repugnante y me arrojé de cabeza a través de una grieta en la roca…


Inmerso en el polvo de espuma abrí los ojos. estaba entre unas rocas, casi en el mismo punto desde donde me había lanzado. La bofetada de una ola terminó de despejarme. Sobré mí estaba el cuerpo enjuto de Miss Swift, mi antigua profesora de natación, quien me observaba rodeada de sus pupilos. Me di cuenta de que yo estaba desnudo y de que los testigos arremolinados sobre mí estaban vestidos. La vergüenza me ayudó a reaccionar. ‘Ya vuelve en sí’, escuché decir a la nadadora. Hacia años que no la veía pero continuaba tan parca en palabras como siempre. No todos eran como ella ‘¿Cómo aguantaste tanto rato bajo el agua?’, me preguntaron unos ojos enrojecidos por el salitre. Entonces supe que había transcurrido más de media hora desde que me lanzase al mar. Tenía una herida coagulada en la cabeza ¿Había sido real algo de lo que acababa de experimentar?