Seguidores

domingo 1 de mayo de 2011





La escritura consiguió que me entregase cada vez más a su ejercicio. A veces, durante un fin de semana entero densas estructuras que borboteaban desde mi pluma inundaban el papel hasta que desfallecía sobre la mesa. Me sumía en un trance durante el cual macheteaba entre palabras como un explorador abre la selva. Luego, al releerlo, me costaba reconocer que la huella que impregnaba los papeles era la mía. En una ocasión en que desbrocé las líneas que yo mismo había dejado, descubrí que se trataba de un relato cuya primera frase rezaba: ‘Negro sobre blanco’. Su lectura me demostró que estaba escrito de principio a fin hasta la última coma.


Versa acerca de un hombre cuya desgracia comienza el día en que encuentra sobre la mesa de su despacho una estilográfica que no es suya, que no dispone de cartucho para tinta ni sustancia alguna capaz de imprimir. Sin embargo, comienza a garrapatear con ella en un paroxismo que se prolonga durante días. Uno de sus escritos será una carta de auxilio a un amigo, donde le informará de la dependencia que le mantiene sujeto a la pluma, y que esto sucede pese a la ausencia total de tinta. Cuando se resiste a escribir, sufre un dolor de cabeza intolerable hasta que, humillado, la empuña otra vez. Nuestro hombre trata una y otra vez de liberarse de su esclavitud, pero su mano se niega a obedecerle y sujeta su instrumento de agonía como un naufrago el tablón. Por fin, cae en la cuenta de que lo que escribe le libera de todo aquello que acumuló durante años, mientras se pregunta que extraño conducto conecta su cerebro con la estilográfica.

Un día, la mujer de la limpieza le encuentra desfallecido. Le internan en un centro médico donde le despojan de la pluma. Nuestro amigo, preso en una habitación insípida, tiene terminantemente prohibido escribir mientras que, incapaz de resistir la presión en su cabeza, pide a gritos que le devuelvan la estilográfica. Consigue escapar y se refugia en su casa.

El desorden que encontró la policía indica que, tras fugarse del hospital, buscó con desesperación algo que ellos ignoran. El cuerpo estaba en el despacho con la cabeza reventada, el cráneo, vacío, presentaba una blancura inmaculada y las paredes estaban cubiertas de grumos de tinta. La multitud de libros esparcidos por la casa no mostraban un solo signo gráfico, como si hubiesen sido absorbidos por un extraño poder.

Cuando leí este relato me sentí fascinado y aterrorizado al tiempo. La fascinación provenía de que era una de las pocas veces que empezaba y terminaba algo y, por si esto fuera poco, ni me había dado cuenta. El terror me lo provocó el pensamiento de que pudiera tratarse de una profecía, pero la disipé en cuanto reconocí mi proverbial falta de memoria. Esto, y mi habitual torpeza para escribir me diferenciaban tanto del protagonista, que supe que no había anunciado mi fin.