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lunes 1 de agosto de 2011

MERODEADOR II


Dibujo de Leticia Zamora


Realmente es la vida misma y sus situaciones lo que nos ayuda a conocernos porque jamás habría supuesto que, ante un peligro como aquél, comprometería mi seguridad por un orgasmo. Justo cuando eyaculaba, un gran bulto en el pasillo se reflejó en el espejo que forraba la puerta del armario. La sorpresa, mayúscula, desvió la descarga que cayó, al menos parcialmente, sobre la colcha. Entonces levanté la mirada, pero lo que fuera ya se había ido. Mi sospecha de que en la casa había alguien más, cobró cuerpo. ¿Entraron mientras me masturbaba o ya estaban cuando llegué? Levanté la cabeza y miré al techo: justo sobre mi cabeza pero tan inalcanzable que me lo figuraba en otro universo, se hallaba el salón con la mecedora donde, en ese preciso instante, el abuelo leía el dominical. Agucé el oído buscando el vaivén tranquilizador del balancín pero sólo sonó el silencio. Ansié estar con él y pensé que tal vez si gritaba con toda mi alma podría oírme. Me sentía tan perdido que temí que en el piso de arriba hubiese ahora un desván procedente de otra dimensión suplantando mi casa.

Por fortuna no había encendido las luces ya que algo me decía que corría serio peligro si me descubrían. Fui deslizándome en silencio mientras que del salón llegaban ruidos como de estrujar celofán. Recorrí unos cuantos metros más; el sudor me empapaba pero una brisa fresca llegó desde una ventana abierta. La distribución de la casa era idéntica a la mía, con lo que podía moverme con soltura aún estando a oscuras. En mi camino hacia la puerta de la calle debía pasar frente al salón de donde provenían los ruidos, con lo que sólo me quedaba rezar para que, quien quiera que fuese, se encontrase de espaldas a mi paso.Creo que le prometí a Dios renunciar para siempre al sexo solitario si lograba salir con bien de aquello. En el último momento me fallaron los nervios y, ante la visión de la puerta al fondo del pasillo, arranqué a correr con estrépito. Entonces, al girar el pomo, fue cuando supe que la habían cerrado con llave.

La mejor defensa es un ataque: entré en el salón retando a quien fuese a un enfrentamiento a pistola, a navaja o con puño americano. Estaba dispuesto a morir antes que a continuar con la impotencia de sentirme atrapado por un enemigo invisible. Pero allí no había nadie. Junto a un gran televisor de plasma, el viento columpiaba los visillos de la ventana. Levanté las cortinas, rebusqué detrás de las puertas ya que no creía posible que quien fuera se pudiese volatilizar así como así. Me asomé a la ventana que daba a la calle como el último escondite posible, cuando un camión enloquecido tomaba una curva entre grandes bocinazos. Sentí vértigo. Estuve apunto de caer pero logré sujetarme en el último momento…  

No parecía posible que se hubiesen escapado por ahí. Mi experiencia me mostraba que esa fachada que daba a la calle era impracticable de no tener un equipo de escalada, ganchos y un cordaje afianzado en el exterior. Además, ¿Qué sentido tendría que los dueños del piso se escabullesen como ladrones? ¿Podría tratarse otro extraño que, como yo, se hubiese colado en el piso? En ese caso debía ser extremadamente hábil. La sensación de que no estaba solo se acrecentó perturbándome pero me forcé a dejar estos planteamientos si quería regresar a mi casa.

Haciendo uso de mi control desanduve el pasillo, pasé junto al dormitorio de la vecina y vi las braguitas en el suelo, los cajones revueltos asomando prendas, la mancha de humedad sobre la colcha. Me pareció tan insólito que creí que era culpa de un alter ego demoníaco merecedor de un castigo. Una sombra que me rozó en el pasillo me erizó la piel y me recordó que la presencia que me inquietaba aún no se había marchado. Cada vez más nervioso, rompí un jarrón cuando salté por la cocina hacia la galería. El tirabuzón de aire que se enroscó en mis piernas tiró de mí hacia abajo, pero pude ascender por la barra de hierro que me llevó hasta el séptimo.

En mi casa, como para reconocerme a mí mismo, recorrí ansioso las habitaciones y todo seguía como siempre. La misma luz, los mismos colores y olores los notaba ahora incluso con más fuerza que antes. El abuelo, que se mecía en el despacho con el periódico en su balancín ni siquiera se había dado cuenta de que me había marchado, tan lejos y tan cerca de la vez, durante un buen rato. Me tumbé en mi cama y advertí en la almohada ese olor que sólo percibo cuando me encuentro después de haberme perdido, que no se aspira con la nariz sino con todo el cuerpo. Ese aroma es lo que primero echan de menos las chicas que nos quieren porque resume quienes somos.